martes, 9 de enero de 2018

Vagando por la Historia: Elisabeth de Austria-Hungría


La Emperatriz Sissi es una de las figuras históricas más famosas de todos los tiempos. Creo que no hay nadie en este mundo que no conozca, aunque sea de oídas o por las películas que de ella se han rodado, a la Emperatriz Sissi de Austria-Hungría. Amada por unos, denostada por otros, pero una mujer extraordinaria en todos los sentidos. Para muchos no es secreto que era una obsesa del ejercicio y que muy probablemente padecía anorexia. Otros, en cambio, ha preferido verla como una princesita dulce y vulnerable con un destino romántico y almibarado. El mundo no estaba preparado para comprender a una mujer tan notable como Sissi, y quizá por eso (muy a pesar de los deseos de la propia Emperatriz) le fue imposible pasar desapercibida por la Historia.





Elisabeth Amalia Eugenia de Wittelsbach había nacido en Munich la noche de Navidad de 1837. Fue la tercera de los nueve hijos del matrimonio formado por Ludovica de Baviera y el duque Maximilian de Wittelsbach. La dinastía de los Wittelsbach era una de las más antiguas de Europa, puesto que reinaron ininterrumpidamente en Baviera desde el siglo XII hasta 1918. Sin embargo, muchos de los miembros de esta legendaria dinastía tuvieron comportamientos extraños que muchos consideraban propios de la genialidad o de la demencia.

Con todo, fue una niña muy feliz. La infancia de la pequeña Sissi, como la conocían en la familia, se repartió entre el palacio familiar de la Ludwigstrasse y el castillo de Possenhofen, a orillas del lago Starnberg, un lugar que para ella acabaría convirtiéndose en una especie de refugio donde volver a recordar los días de su niñez.

A pesar de que los Wittelsbach podían presumir de rancio abolengo, lo cierto es que la educación de los miembros de la familia distaba mucho de la elaborada etiqueta de la corte imperial. Sissi creció entre los bosques que rodeaban el castillo de Possenhofen, rodeada de perros y caballos, correteando por los campos y vistiendo al uso campesino. Ludovica, su madre, siempre fue una mujer cariñosa y atenta a las necesidades de sus hijos; y Max, su padre, fue un hombre de ideología liberal al que le encantaba estudiar a los clásicos, interpretar música y charlar sobre literatura, astrología y botánica. De él heredó Elisabeth su pasión por los clásicos, en especial Homero, pero también por la poesía de Heine, lo que la llevaría años más tarde a componer sus propios poemas.

Sin embargo, aunque la infancia de Elisabeth fue sana y feliz, hay que reconocer que su formación no era la más adecuada para la mujer que iba a convertirse en la esposa del Emperador de Austria. Pero, en su defensa, hay que matizar que tal papel no le estaba destinado en un principio. La archiduquesa Sofía, madre del Emperador Francisco José I, era hermana de Ludovica y entre ambas pactaron una entrevista entre Francisco José y la amable y elegante Helena, hermana de Sissi, con la esperanza de que ambos primos se conocieran y formalizaran su compromiso, quedando así asegurada la continuidad de la dinastía. Pero en el viaje a Ischl también las acompañó Elisabeth, que por entonces solo contaba quince años, y su enorme encanto cautivó por completo al Emperador.

La extraordinaria belleza de Elisabeth de Wittelsbach pasó a la historia y se convirtió en parte de su leyenda. A pesar de que apenas había traspasado el umbral de la adolescencia, Elisabeth era esbelta, con un rostro ovalado perfecto, una larguísima y espléndida cabellera, y dueña de unos expresivos ojos entre castaños y verdes. Pero fue sobre todo su naturalidad lo que la hizo sobresalir entre las demás damas de la corte a las que Francisco José estaba acostumbrado.

El joven Emperador de Austria estaba considerado uno de los mejores partidos de su época, no solo por su posición sino también por la larga lista de virtudes que acumulaba en su haber. A pesar de no tener más que veintitrés años, era un hombre disciplinado, trabajador, honesto y muy respetuoso con el legado recibido de sus antepasados. Además, era muy apuesto, de cabello castaño, ojos azules y unos modales exquisitos. Carecía, eso sí, de intereses intelectuales y artísticos, y tampoco destacaba por tener una imaginación demasiado fértil. Pero con Elisabeth siempre fue, ante todo, un hombre enamorado.

A nuestros tiempos ha llegado la historia del legendario amor que existió entre Sissi y Francisco José y, aunque es cierto que hubo un tiempo en el que se puede afirmar que fue un matrimonio feliz y bien avenido, es posible que al principio no fuese del todo así. Algunos biógrafos de la Emperatriz aseguran que Sissi aceptó la proposición de Francisco José porque sabía que él no aceptaría una negativa. Además, como mujer inteligente que era, sabía que sus caracteres tan dispares y la falta de intereses comunes sería una brecha que la mantendría eternamente separada de su prometido. Incluso el entorno del Emperador, empezando por su propia madre, intentó hacerle desistir de su propósito. Todo fue inútil. Francisco José había tomado su decisión y no había fuerza en el mundo capaz de hacerle cambiar de idea. El 24 de abril de 1854, una vez el Pontificado otorgó la oportuna dispensa, se celebró el enlace que convertiría a Elisabeth en Emperatriz de Austria.




La muchacha no tardó mucho en descubrir que tal vez había cometido el mayor error de su vida al casarse con Francisco José. La familia imperial poco o nada tenía que ver con el estilo de vida hogareño y ruidoso que ella había conocido en su infancia. La etiqueta cortesana era tan rígida que hacía imposible cualquier comportamiento espontáneo y, lo que era aún peor, privaba a la familia imperial de todo tipo de intimidad. Todos los detalles de la vida de Sissi, por nimios que fueran, estaban perfectamente medidos al milímetro. Elisabeth debía estar acompañada las veinticuatro horas del día, e incluso algunas de sus damas tenían autorización para irrumpir en sus habitaciones sin ser anunciadas. Además, las damas que le habían sido asignadas eran mujeres de una cierta edad, conservadoras, frívolas y no compartían ninguna de las aficiones que Elisabeth adoraba, como su pasión por los caballos. Por lo tanto, no es de extrañar que la joven Emperatriz se sintiera completamente aislada en un entorno y con una gente que la admiraba y adulaba, pero que no la comprendía en absoluto.

Un año después de la boda, Elisabeth dio a luz a su primera hija, bautizada con el nombre de Sofía en honor a su abuela paterna, aunque es muy probable que Elisabeth nunca quisiera hacerle ese honor. De todos es sabido que la archiduquesa Sofía, de carácter férreo e intransigente, nunca aceptó de buen grado el matrimonio de su hijo. Trataba a Elisabeth como si fuera una niña malcriada y una eterna menor de edad a la que había que educar con mano de hierro. Sofía tampoco la consideraba capaz de ocuparse de la educación de su hija, por lo que no tardó en entrometerse y hacer que instalaran a la niña en su ala de palacio. De nada sirvieron las protestas de Elisabeth, ni siquiera ante su marido; Francisco José, completamente dominado por su madre, no fue capaz de defender a su mujer y darle el lugar que le correspondía como madre de la pequeña Sofía. La historia volvió a repetirse un año después, cuando nació la princesa Gisela, aunque esta vez Elisabeth consiguió que trasladaran a sus hijas a sus habitaciones.

Sin embargo, en 1857 llegó la primera desgracia. Francisco José y Elisabeth debían viajar a Hungría, donde se esperaba que pasaran una larga estancia. La archiduquesa Sofía hizo todo cuanto pudo para quedarse a cargo de sus nietas, ya que no consideraba apropiado para ellas que pasaran tanto tiempo en ese territorio húngaro que tanto despreciaba. Pero Sissi insistió en llevar a las niñas. Estaba convencida de que la mejor educación para cualquier niño, fuese éste de alta cuna o no, estaba en la compañía y el amor que le dedicaban sus padres. Además, no estaba dispuesta a permitir que su suegra volviera a intrigar para separarla de sus hijas, por lo que se negó a ceder.

Por desgracia, la insalubridad de algunas regiones húngaras propició la presencia de varias enfermedades, y ambas princesas contrajeron una fuerte disentería. Gisela se recuperó, pero no así la pequeña Sofía, que murió en Budapest con tan solo dos años. Elisabeth quedó completamente devastada ante aquella tragedia. La tristeza y el fuerte sentimiento de culpabilidad que la oprimían la llevaron a caer en una fuerte depresión de la que le costó mucho recuperarse. Ni siquiera el nacimiento de su hijo Rodolfo un año después consiguió arrancarle la creencia de que sería una pésima influencia para él, de modo que claudicó y dejó que la archiduquesa Sofía se hiciera cargo de Gisela y Rodolfo.

Empezó así uno de los mayores calvarios de la Emperatriz de Austria. El enfrentamiento con su suegra, la muerte de su hija y el distanciamiento de Francisco José, sumado a una total falta de autoestima que la llevó a creer que acarreaba la desgracia a sus allegados, la hicieron enfermar. Elisabeth perdió el apetito y empezó a adelgazar, tosía, tenía accesos de fiebre. Sentía la necesidad de alejarse de Viena y del feroz escrutinio de la archiduquesa Sofía para poder encontrarse a sí misma. Por prescripción  médica, Elisabeth hubo de ausentarse de la corte y emprendió largos viajes que la llevarían primero a Madeira y luego a Corfú, donde su alma halló el reposo que tanto necesitaba. Cuando regresó de su último viaje, en 1862, su carácter se había templado y no vaciló en dejar clara su postura: Acataría la etiqueta cortesana solo cuando fuera estrictamente necesario pero, además, tendría su propio espacio y absoluta libertad para alejarse de Viena siempre que fuera necesario.

Su otra gran victoria vendría poco después y el gran beneficiado sería el príncipe Rodolfo. El pequeño, tan sensible, nervioso e impresionable como su madre, creció bajo la tutela de su abuela hasta que, a los seis años, se decidió que había llegado la hora de darle la educación viril que se suponía propia del futuro emperador de Austria. Se le apartó de su hermana y se le instaló en un pabellón donde quedó a merced del general Gondrecourt, un curtido militar que sometió al niño a todo tipo de barbaridades. Entre otras lindezas, le hacía tomar duchas heladas, lo obligaba a entrenar bajo la nieve o irrumpía en su habitación sin previo aviso disparando al aire. Este método educativo, lejos de endurecer al niño, lo que consiguió fue provocarle ataques de ansiedad y severas crisis de angustia que hicieron temer por su salud. Esta vez, Elisabeth no se calló y amenazó con abandonar la corte definitivamente si no se cesaba al preceptor y se le permitía a ella hacerse cargo de la educación de sus hijos. Fue tal su determinación que Francisco José no tuvo más remedio que aceptar, a pesar de la oposición de su madre, y a partir de entonces la vida de los príncipes cambió por completo. Para Rodolfo fue el inicio de la etapa más feliz de su existencia. Gracias a la labor de sus profesores de griego, filosofía, humanidades y ciencias, el pequeño no tardó en desarrollar unas grandes capacidades intelectuales que le llevaron a conseguir el doctorado honoris causa en ornitología por la Universidad de Viena.




Mientras tanto, Elisabeth siguió adelante con su propia vida y decidió por iniciativa propia empezar a estudiar húngaro. La simpatía que la Emperatriz profesaba a Hungría era bien conocida por todos los que la rodeaban, y le acarreó no pocos problemas en la corte vienesa. Enamorada del país y de su cultura, Elisabeth contrató los servicios de Ida Ferenczy, una joven húngara que se convirtió en su mejor amiga. A través de ella conoció a Gyula Andrássy, coronel del ejército magiar, con el que mantuvo una amistad tan cordial que no escapó a la maledicencia cortesana por considerarla una relación con tintes amorosos. Dejando de lado los rumores, lo que no admite réplica es que Elisabeth siempre fue un fiel apoyo para la causa húngara y es muy posible que ayudara a que se establecieran las negociaciones para unir ambos estados bajo una sola Corona. En 1867, Francisco José y Elisabeth fueron coronados reyes constitucionales de Hungría y recibieron como donación el castillo de Gödöllö, donde nacería un año después la última hija del matrimonio, la archiduquesa María Valeria.

Pero la desgracia volvería a azotar la vida de Elisabeth, esta vez de manera irreversible, en 1889 con la muerte de su hijo Rodolfo. Lo cierto es que Elisabeth sabía desde hacía tiempo que su hijo no se encontraba bien. Consumido por un matrimonio con una mujer a la que no amaba y aquejado por una enfermedad venérea que le provocaba grandes dolores y lo había vuelto adicto a la morfina, el carácter del príncipe Rodolfo se había vuelto difícil e imprevisible. Sus frecuentes crisis de angustia, producto quizá de una neurosis depresiva, fueron las que le llevaron a pactar un suicidio junto con su amante, María Vetsera, en el pabellón de Mayerling, donde el príncipe de Coburgo y algunos amigos encontraron los dos cadáveres al día siguiente.

Tras la muerte de su hijo, Sissi se convirtió en una sombra. Emprendió una huida incesante de cualquier tipo de convencionalismo que hubiera podido llevar a su hijo a la muerte y se retiró a descansar a Wiesbaden. Nunca más volvió a vestir de color. Envuelta en lutos perpetuos, viajó frenéticamente sin rumbo alguno, siempre escondida tras un seudónimo, con la esperanza de pasar desapercibida ante el mundo. Solo hizo una breve concesión en 1890 asistiendo al enlace de su hija María Valeria, tras el cual volvió su interminable peregrinar lejos de la corte.

El 10 de septiembre de 1898, hallándose Elisabeth en Ginebra a la espera de alcanzar el ferry que habría de llevarla a Montreux, el anarquista Luigi Luccheni la reconoció y la apuñaló con un estilete. Elisabeth apenas sintió una leve molestia cuando esto ocurrió, pero no tardó en caer desvanecida. Poco después, murió. A pesar de que su deseo había sido ser enterrada junto al mar en Ítaca o Corfú, su condición de Emperatriz de Austria-Hungría la obligaba a ser sepultada en la cripta de los Capuchinos en Viena, donde reposa en la actualidad.


lunes, 1 de enero de 2018

La Leyenda del mes: Las conchas de Santiago


¡Hola a todos!

¡Y bienvenidos al año 2018! ¿Qué tal lo estáis pasando en estas fiestas navideñas? Espero que muy bien, dando la bienvenida al año al lado de vuestras familias y en compañía de todos vuestros seres queridos. Si habéis tenido que trabajar durante las fiestas, como ha sido mi caso, espero que hayáis tenido tiempo para poder disfrutar de un merecido descanso antes de volver al tajo.

En cuanto a mí, pues qué decir: Me encuentro muy bien, tengo más ganas que nunca de sacar adelante todos mis proyectos y deseo con todas mis fuerzas que este año sea propicio para mí. Me gustaría tener más tiempo para poder dedicárselo a mi novela, pero el trabajo no perdona y he de arañar todas las horas que pueda a mis cada vez más cortos días. Y luego está el blog, que no quisiera descuidar aunque escriba cada vez con menos asiduidad. No sé si habrá cambios en el contenido del blog este año o si trataré más o menos los mismos asuntos, pero espero poder leer vuestros comentarios si decidís dejármelos en los posts, ^^*

Para empezar el año como es costumbre, os voy a dejar la entrada dedicada al calendario. Y este año he decidido dedicarle el calendario a mi tierra, Galicia. O, más concretamente, a sus leyendas populares. En Galicia somos muy conocidos por tener cuentos, relatos y leyendas que se remontan a la época de nuestros antepasados celtas, aunque también las hadas y las almas de los difuntos pueden protagonizar leyendas de corte más fantástico o misterioso. Sea como sea, he decidido recopilar para vosotros doce leyendas que a mí, personalmente, son las que más me han gustado.

Así pues, no os entretengo más y dejo que leáis la leyenda que narra el origen de las conchas que los peregrinos que van a Santiago de Compostela lucen en sus atuendos.


Las conchas de Santiago




Cuenta la leyenda que, cuando fue degollado el apóstol Santiago, algunos de los discípulos que lo habían acompañado a Jerusalén recogieron su cuerpo, lo metieron en una barca y se hicieron a la mar rumbo a la Península Ibérica.

Navegando ya por la costa gallega, en un lugar llamado Bouzas, se percataron de que se estaba celebrando allí una gran fiesta con motivo del casamiento del hijo de un hombre de tierras de Gaia, en la ribera del Duero, con la hija de otro rico señor de la Maía, que tenía sus tierras y vasallos en Bouzas.

El ambiente de la fiesta era de gran alegría, y todos participaban de la algarabía general recitando romances, cantando cantigas, tocando cítaras, violas, gaitas y panderos. Algunos señores a caballo jugaban a bafordar, que es un juego consistente en arrojar la lanza al aire y galopar para recogerla en el aire antes de que toque el suelo.

Entre estos señores estaba el novio, y sucedió que cuando el joven estaba a punto de coger la lanza que caía del aire, su caballo dio un salto, se metió en el mar y se sumergió. Todos se quedaron horrorizados al ver cómo hombre y caballo desaparecían entre las olas. El único rastro que había quedado de ellos era una fina estela de espuma que se adentraba en el mar hasta la barca en la que navegaban los guardianes del cuerpo del Apóstol. Pero entonces se hizo el milagro, y el caballo emergió de nuevo de las aguas con el joven a lomos, allí mismo al lado de la barca.

El joven, aún aturdido, se miró a sí mismo y a su caballo y se dio cuenta de que ambos estaban cubiertos de vieiras; incluso halló varios de estos moluscos bajo su sombrero. Y supo así que había viajado por debajo del mar sin sufrir daño alguno y ahora su caballo caminaba por encima de las aguas igual que si estuviese en tierra.

Ante semejante prodigio, y sin saber por qué tal cosa le sucedía a él, vio a su lado la barca y a quienes viajaban en ella. Y, por alguna razón, se sintió tranquilo, feliz y reconfortado. Tras contarles lo que le había pasado, les mostró las vieiras que lo cubrían y les preguntó qué significado tenía todo aquello.

Ellos le respondieron:

—Verdaderamente, Dios quiere elevarte y Jesucristo, por este su vasallo que aquí traemos nosotros en esta barca, ha querido mostrar por él Su poder a ti y a todos los que ahora son vivos y a los que después habrán de venir, que en este su vasallo quisieren amar y servir y que lo vengan a buscar allí donde él sea enterrado, y que deben traer conchas como esas de que tú has sido «conchado», como señal y sello de privilegio.

Después sopló el viento, las velas se hincharon y la barca partió rumbo a las playas, donde más tarde deberían depositar en tierra el cuerpo de Santiago el Mayor. En cuanto al joven caballero, regresó a tierra cabalgando sobre las olas, donde fue recibido con gran contento por todos los invitados de su boda.

Y desde entonces, todo peregrino que debiera ir hacia Compostela, donde descansan los restos del Apóstol, tendría que lucir como prueba de su peregrinar la concha de vieira en su sombrero y en la esclavina del sayal.

sábado, 23 de diciembre de 2017

Felicidad para todos


¡Hola a todos!




¡Y felices fiestas desde la Biblioteca de Laura!

Deseo para vosotros que este nuevo año que está por venir os traiga todos los éxitos y felicidad que merecéis. Por mi parte, y como viene siendo habitual en mí, no pienso rendirme ante nada ni nadie. Quiero empezar el año con ganas de hacer mil cosas, y aunque es posible que novecientas se me queden por el camino, sé que esas cien que consiga llevar a cabo me llenarán de una dicha sin igual.

¡Que seáis muy felices, amigos lectores! ¡Hasta el año que viene!

miércoles, 6 de diciembre de 2017

El Rincón del Lector VIII: El Cuento de la Criada


¡Hola a todos!

Pues aquí estamos un día más en la Biblioteca. ¿Y qué es una biblioteca si en ella no se habla de libros? Sí, ya sé que no suelo subir a menudo posts en los que hago críticas de libros (y cuando las hago suelen ser destructivas, así que...), pero esta vez me apetecía hacer una reseña sobre una historia que se ha convertido en un auténtico hito dentro de las distopías y una serie de éxito en la HBO. Estoy segura de que muchos la habréis visto: se trata de El Cuento de la Criada. Como digo, la serie se ha hecho muy conocida y tiene una amplia legión de fans, pero me parece que la mayoría de reseñas sobre la historia proceden de gente que ha visto la serie y no se ha leído la novela. Bien, pues yo la he leído y he decidido hacer mi pequeña aportación. Espero que os guste!


Título: El Cuento de la Criada

Autor: Margaret Atwood

Editorial: Círculo de Lectores

Nº de páginas: 398 págs.

Año: 1985

Sinopsis: Amparándose en la coartada del terrorismo islámico, unos políticos teócratas se hacen con el poder y, como primera medida, suprimen la libertad de prensa y los derechos de las mujeres. En la República de Gilead, el cuerpo de Defred sólo sirve para procrear, tal como imponen las férreas normas establecidas por la dictadura puritana que domina el país. Si Defred se rebela –o si, aceptando colaborar a regañadientes, no es capaz de concebir- le espera la muerte en ejecución pública o el destierro a unas Colonias en las que sucumbirá a la polución de los residuos tóxicos.


RESEÑA (sin spoilers)

No es fácil reseñar un libro como éste. Cuando una historia como El Cuento de la Criada se hace tan famoso en un tiempo récord, es habitual que aparezcan hordas de fans dispuestos a saltar sobre aquellos que tengan el atrevimiento de sacarle un solo defecto al libro que adoran, y me temo que es lo que puede pasar con mi reseña.

Compré El Cuento de la Criada porque sentía muchísima curiosidad por saber cómo era la historia de la que todo el mundo está hablando. A raíz del enorme éxito de la serie emitida en la HBO y del fenómeno fan que ha surgido, mi interés por esta novela creció y decidí darle una oportunidad en cuanto se me presentó la ocasión. ¿Y qué me ha parecido su lectura? Pues debo admitir que tengo sentimientos encontrados y al final me ha quedado un sabor agridulce en la boca.

El Cuento de la Criada es una novela que podría encuadrarse en el género de la ciencia ficción distópica, el mismo al que pertenecen obras como 1984 o Un mundo feliz, aunque el ambiente opresivo y angustioso que nos presenta Atwood recuerda más a Orwell que a Huxley. El Cuento de la Criada nos presenta un mundo en el que un grupo de políticos teócratas que se hacen llamar los Hijos de Jacob han llegado al poder dispuestos a imponer una serie de normas que, según ellos, harán que la nueva República de Gilead (los antiguos Estados Unidos) alcance la grandeza a ojos del mundo entero y de Dios. Y lo primero que hacen nada más tomar el control de la situación es suprimir la libertad de prensa y arrebatar a las mujeres todos los derechos que tenían. Esta premisa de recorte de libertades y anulación de derechos es común en todas las distopías, solo que novelas como 1984 o Un mundo feliz lo desarrollan en el buen sentido y El Cuento de la Criada en el malo o, si no en el malo, en el básico.

Pero analicemos el libro poco a poco. La idea en sí misma está muy bien. El argumento es interesante y plantea un modelo de distopía que se ve poco en la literatura: una dictadura basada en el fundamentalismo cristiano. A través de los ojos de Defred, la protagonista, vemos cómo es la República de Gilead, esa nueva Jerusalén que los Comandantes quieren recrear. La sociedad está separada en castas, los placeres y libertades han sido suprimidos y se aplican severos castigos a aquellos que intentan rebelarse contra el gobierno. El ambiente es opresivo, y podemos sentirlo perfectamente en las palabras y pensamientos de Defred, que reflejan tanto su propio miedo como el de la gente que la rodea, ya sean hombres o mujeres.

Otro punto a favor es, precisamente, la narración en primera persona. Defred narra su propia historia alternando con frecuencia entre el pasado y el presente, entre la vida que llevaba antes junto a su marido y su hija y la nueva vida que se le ha impuesto contra su voluntad. Esto ayuda al lector a empatizar con ella y a ver la situación desde su punto de vista. El hecho de que sea una Criada, una casta mal mirada por el resto de personas, es interesante porque nos muestra la brutal reducción de derechos que han sufrido las mujeres y las humillaciones que deben soportar para ganarse un puesto dentro de esa rígida sociedad y no acabar en las Colonias, unos vertederos de residuos tóxicos de los que nadie vuelve con vida.

Sin embargo, entramos aquí en lo que yo considero que es la parte mala del libro que, por desgracia, es todo lo demás. Aunque ya he dicho que la idea es buena, me ha dado la impresión de que está mal desarrollada. Hay varias incoherencias en los marcos cultural y sociopolítico que me han llevado a hacerme muchas preguntas que el libro no contesta. Partimos de la base de que la autora encuadra su Gilead en el ecuador de la década de los 80, momento en el que las mujeres empezamos a hacernos más visibles y en el que se afianzaron los derechos y libertades que ya habían reclamado las pioneras feministas de los años 60. Entonces, ¿cómo es posible que llegara a instaurarse un gobierno ultraconservador y radical, y que la gente lo asimile en cinco años como mucho? ¿Tan fácil ha sido dar un golpe de Estado, hacerse con el poder y eliminar derechos sin más ni más? ¿Nadie ha podido frenarles los pies a los golpistas? Comprendo que es mucho más difícil conseguir derechos que quitarlos, pero me ha parecido que esto quedaba muy precipitado en la novela. Como ya he dicho, en menos de cinco años toda la sociedad gileadiana ha sido educada en los principios del nuevo régimen y ha aceptado su suerte con resignación bovina.

Otro punto importante sobre el que orbita todo el argumento es el asunto de la concepción y la natalidad. Al parecer, el excesivo control de la natalidad que se había llevado a cabo hasta entonces, sumado a la esterilidad que sufre gran parte de la población debido a la contaminación y las guerras bacteriológicas, ha hecho que el nacimiento de un niño sano sea casi un milagro. Es aquí donde entra en juego el sistema de castas propuesto por Atwood. La sociedad femenina gileadiana se divide en Esposas de Comandantes, Marthas (las que sirven a las Esposas y realizan las tareas de la casa) y Criadas (mujeres fértiles a las que el gobierno utiliza como incubadoras humanas para que gesten y den a luz a los hijos de los Comandantes). De entre todas las mujeres, las Criadas son las que sufren la mayor supresión de derechos, puesto que no tienen nombre propio (su nombre no es más que la preposición “de” y el nombre del Comandante al que sirven), sus cuerpos están a disposición de los Comandantes y de las Esposas, y ni siquiera tienen derecho a criar a sus hijos puesto que, por ley, no les pertenecen.

Entramos aquí en lo que creo que ha provocado el fervor hacia este libro. La sociedad que presenta Atwood es terriblemente represiva con las mujeres, lo que encaja con su planteamiento de gobierno distópico, pero también presenta algunas incoherencias que no ha sabido o no ha querido salvar. Una de las cosas que más me ha llamado la atención es que todo el mundo parece odiar a las Criadas. Defred no para de decir que la Esposa de su Comandante la detesta, las Marthas que trabajan en la casa rezongan cada vez que la ven y las Econoesposas vuelven la cabeza con desprecio para no mirarla. Esto me parece una incoherencia si tenemos en cuenta que uno de los principios sobre los que se basa la República de Gilead es la procreación. En un mundo en el que los vientres fértiles escasean y las Criadas son de las pocas mujeres que pueden quedarse embarazadas, éstas deberían ser tratadas como diosas. Para hacerlas más sumisas o proclives a la humildad, podrían tenerlas custodiadas en lujosos palacios, jaulas de oro alejadas de la contaminación, del vicio y de la corrupción, y educarlas para la misión que se les ha encomendado para que la lleven a cabo con la alegría y entusiasmo propios de un sectario. En vez de Criadas, deberían ser Esposas, pues son las que ofrecen la posibilidad de que los Comandantes puedan tener descendencia. Pero no, resulta que las preparan para ser yeguas de parto mediante ritos que buscan la humillación de la mujer por los miembros de su propio sexo. Las Esposas las odian porque las ven como la representación de su propio fracaso para quedarse embarazadas (por ley, solo las mujeres son estériles, aunque son muchos los hombres que no pueden procrear), y en cierto modo puedo entenderlo. Pero lo que no entiendo es por qué las odian las Marthas, si a ellas ni les va ni les viene que haya una Criada en la casa.

Otra incoherencia que he visto es el modo en que se lleva a cabo la división de castas. ¿Hasta qué punto están obligadas las mujeres a ser Criadas? Defred no nos dice gran cosa al respecto. Sabemos que los médicos son los que certifican si una mujer es fértil o no, pero nadie obliga a la mujer a ser Criada, por lo menos en la novela. Existe el rango de las Econoesposas, que son las mujeres que están casadas con hombres de bajo rango y que cumplen las funciones tradicionales de la mujer: ser madre, ama de casa y esposa. Aunque es poco frecuente, las Econoesposas pueden quedarse embarazadas y tienen más libertad que las Criadas. Además, la propia Defred dice que es Criada porque ella misma ha elegido serlo. Podría haber escogido ser Econoesposa y aun así prefirió ser Criada. Si os soy sincera, yo no la entiendo. Ser Criada no mejora su situación de cara a tomar contacto con grupos de resistencia o a encontrar a su desaparecida familia, y tampoco se puede decir que goce de privilegios especiales por su condición. Así que no entiendo a qué viene tanto revuelo por la situación de Defred, si es lo que ella ha escogido ser.

Y, ya que he hablado de Defred, voy a decir un par de palabras sobre este personaje al que todos han encumbrado como el nuevo icono del feminismo. Puedo entender que el lector se ponga en su piel y trate de empatizar con ella, y que el hecho de que sea una mujer a la que han separado de su marido y su hija para convertirla en una máquina de parir parezca suficiente como para compadecernos de ella. Sin embargo, los detalles que va revelando la propia Defred a lo largo de la historia nos muestran a una mujer sin personalidad que no lucha para intentar escapar de la situación en la que está metida. En una trama que parece predecir una rebelión por parte de la protagonista contra el gobierno, la autora ha preferido poner a Defred como una especie de cronista que nos describe hasta los más ínfimos detalles de las cortinas de su habitación, pero que no se molesta en hacer referencia a la situación política en la que está sumida su país. Defred se mueve por la historia como un fantasma insulso al que parece darle igual todo; es cierto que trata de decirnos que sí, que el gobierno es muy represivo y las mujeres no tienen derechos, pero tampoco parece que le importe gran cosa, ni siquiera el paradero de su hijita; de hecho, piensa más en las ganas que tiene de fumar un cigarrillo que en su niña, lo que dice mucho de Defred como persona.

En realidad, Defred no es más que un peón que pasa por diversos acontecimientos sin hacer nada digno de mención. Carece de personalidad, de actitud, e incluso de descripción. Es un ser completamente vacío que se lamenta de su situación pero que no busca la manera de huir de ella. La famosa Ceremonia, ese momento en el que debe abrirse de piernas para que el Comandante copule a su antojo, no es para ella más que un proceso que le causa más molestias que verdadera humillación; y accede sin problemas a todos los requerimientos del Comandante, al que considera solo un poco excéntrico. Ve cómo adoctrinan a sus compañeras a través de insultos a la sexualidad y participa sin problemas en estos rituales, sin que se le mueva un solo pelo o proteste de alguna manera. Le pasan cosas que provocarían un amplio abanico de emociones negativas a cualquiera, excepto a Defred, porque su autora la ha concebido como un maniquí sin emociones con el que resulta difícil congeniar.

Y esto es básicamente El Cuento de la Criada. Un argumento que promete mucho y una sociedad distópica que busca remover conciencias con respecto a los derechos de las mujeres, apelando a un posible futuro en el que líderes políticos como los Comandantes podrían hacerse con el control de los países más liberales y avanzados, y arrebatarles todo tipo de libertades para ir en pos de su visión de lo que debería ser la Tierra Prometida. Pero, si queréis mi opinión, me da lástima que esta novela haya transcurrido de esa manera. A pesar de que tiene en sus manos una premisa de lo más interesante, Atwood ha preferido escribir un inmenso alegato a favor del feminismo a costa del manido cliché de criticar el Cristianismo. Podría haber escrito una novela crítica de verdad, con un mensaje de advertencia para la sociedad hablando de los peligros que supone permitir que un gobierno totalitario tome el control. Pero me temo que se ha quedado en nada, pues el mensaje que supuestamente debía transmitir a mí no solo no me ha llegado, sino que me ha aburrido por completo.


¡Y hasta aquí por hoy, amigos! ¡Nos vemos pronto!

viernes, 1 de diciembre de 2017

La Barbie del mes: Princesa de Corea


¡Hola a todos!

¡Y por fin estamos en el último mes del año! ¿Qué tal lo habéis pasado hasta ahora? ¿Ha sido este un buen año para vosotros? ¿Se han cumplido todos los propósitos que os hicisteis en enero u os queda alguno por hacer? Como de costumbre, toca hacer balance o una especie de examen de conciencia de lo que se ha hecho a lo largo del año, aunque no sé si voy a hacerlo en este blog; todavía tengo tiempo para pensarlo.

Lo que sí quiero hacer es desearos a todos un feliz mes de diciembre, con las fiestas navideñas a la vuelta de la esquina, y que os lo paséis todo lo bien que podáis. Nunca sabemos qué nos deparará el año que viene pero yo deseo de corazón que tengáis un año muy, muy feliz.

Y pasemos a despedir el 2017 con la Barbie que corresponde. A ver qué idea se me ocurre para el calendario del año que viene!

Nos vemos!


Princesa de Corea




Una linda chica admira la ciudad desde un kung (palacio) en Seúl. Su pelo oscuro brilla con el sol resplandeciente. La princesa está contenta porque pronto será el día del Sol Nal, año nuevo, que marca el primer día de primavera. Primero, la familia honra su patrimonio. Luego, el día se torna en celebración, especialmente para los niños. Los niños vuelan cometas. A la princesa le gusta jugar a yut nori (un juego que se juega con un palo). Los músicos tocan bella música con sus gongs y tambores.

Me encanta todo lo que viene del lejano Oriente, en serio. Japón y China siempre han despertado mi imaginación por lo exótico de sus costumbres y su cultura, pero últimamente me estoy metiendo un poco en Corea (la del Sur, la que mola) y he descubierto cosas muy interesantes. De esta Barbie me gusta mucho su llamativo peinado y los rasgos tan delicados de su cara. El hanbok que lleva es colorido y alegre y tiene detalles muy bonitos.


¡Y hasta aquí por hoy, amigos! Nos vemos muy pronto.

jueves, 16 de noviembre de 2017

Vagando por el Arte: La Condesa de Chinchón


La Condesa de Chinchón es, posiblemente, uno de los cuadros más bellos y delicados de Goya. Pintado en el año 1800, este óleo sobre lienzo pertenecería a la época de madurez pictórica de Goya, etapa muy relevante en la carrera del pintor aragonés en la que se pueden encontrar otros cuadros magistrales como La Duquesa de Alba con vestido blanco, Jovellanos, La familia de Carlos IV o las famosas Majas. En comparación con estos retratos, el lienzo que nos ocupa destaca por su sobriedad y sencillez, pero también por el cariño que destila en cada una de sus pinceladas.




El retrato de doña María Teresa de Borbón y Vallabriga, condesa de Chinchón y marquesa de Boadilla del Monte fue pintado cuando la retratada contaba veinte años. Su padre, el infante don Luis de Borbón, hermano de Carlos III, fue un gran amigo y protector de Goya. Una vida azarosa le llevó a que tanto a él como a sus hijos se les prohibiera vivir en la corte, llevar el apellido Borbón y aspirar a ocupar el trono de España. El rey Carlos IV, al suceder a su padre, intentó reunir de nuevo a la familia, por lo que propuso que su prima María Teresa contrajera matrimonio con don Manuel Godoy, Primer Ministro y Príncipe de la Paz, el hombre más importante del reino. Era, como tantos otros, un matrimonio por intereses políticos, pero para María Teresa suponía la recuperación de aquello que se le había arrebatado a su familia injustamente.

El retrato de doña María Teresa capta con sutileza el alma de la condesa, su timidez, su recato y su dulzura. La condesa posa para el pintor sentada en una butaca en posición central ante un fondo negro, lo que hace destacar el blanco de su vestido y la palidez de su piel. Doña Teresa mira hacia su izquierda mientras muestra un atisbo sonrisa, acaso porque le faltaban varios dientes. La luz invade la escena de izquierda a derecha, resaltando la luminosidad de la figura y tocando aquellos puntos que Goya quería resaltar, como su rostro, su vientre abultado por el embarazo de su única hija, sus brazos (la propia condesa estaba muy orgullosa de ellos), el pecho, el cuello y algunos pliegues del vestido.

El cuadro se realizó de forma muy rápida. Un estudio detallado demuestra que Goya trabajó prácticamente al toque del pincel, sin apenas vacilar. La definición de los rasgos del rostro de doña Teresa es casi nula, pero al alejarnos del cuadro para observarlo mejor vemos que se forma una imagen orgánica y muy exacta de la condesa. Los trazos y pinceladas son los justos para precisar los detalles, luces, volúmenes y sombras; sirva como ejemplo la delicada gasa del vestido, pintada mediante pequeños puntos, rápidos y ligeros.

Para romper el contraste entre el blanco y el negro, Goya introdujo pequeñas notas de color en algunas partes del atuendo de la condesa que quería resaltar. La toca o gorrito que luce en la cabeza destaca por esas cintas de color azul y por el ramillete de flores y espigas verdes, símbolo de la fecundidad. Más toques de color los encontramos en la pulsera que adorna su brazo, en los anillos que lleva en los dedos (uno de ellos, el más grande, con un retrato de Godoy), en las mangas y en el borde inferior del vestido.

Sin embargo, es la historia que hay detrás del cuadro lo que le da verdadera identidad y hace que el espectador se conmueva al verlo. Si por algo destaca este retrato por encima de otros realizados por Goya es por la inmensa sensación de ternura que destila en cada una de sus pinceladas, que no es sino la ternura que el propio pintor sentía hacia la condesa tanto por conocerla desde que era una niña como por la situación tan dura que estaba viviendo entonces.

Casada sin amor, por intereses políticos y familiares, con Manuel Godoy, doña María Teresa de Borbón debió de pensar durante toda su vida que su matrimonio fue una terrible equivocación. Como la gran mayoría de los hombres de la época, Manuel Godoy sostuvo amores con varias amantes entre las que supuestamente estaba la propia reina de España, María Luisa de Parma. Una de las mujeres con las que Godoy mantuvo una relación más larga fue Pepita Tudó, que fue su amante oficial durante muchos años y con la que tuvo dos hijos. Pero los reyes, que toleraban y amparaban la relación de su protegido con la Tudó, consideraron que un hombre de su posición debía contraer matrimonio con una mujer de mayor categoría. Y la elegida fue, por desgracia para ella, doña Teresa de Borbón y Vallabriga.

No fue feliz en su matrimonio la condesa de Chinchón. Para Godoy nunca fue más que un fastidio o, en todo caso, una de las tantas propiedades que le obsequiaban los reyes por sus servicios. Nunca sintió la menor atracción por ella, pero eso no justifica las graves faltas de respeto que le mostraba a diario. Según contaba el embajador alemán, Godoy, tras cobrar la dote de cinco millones de reales por su matrimonio con María Teresa, volvió a llevar a Pepita Tudó a vivir a su casa y la hizo ocupar el lugar preferente, junto a él, en sus actos públicos y privados. El propio escritor Gaspar Melchor de Jovellanos comentaba que sintió vergüenza ajena cuando un día, almorzando en casa de Godoy, se encontró sentado a la mesa con la esposa y la amante de éste cuando aún no había transcurrido ni un mes desde la boda.

Las desavenencias en el seno del matrimonio comenzaron nada más celebrarse, puesto que Godoy no se recató de reanudar de inmediato su relación amorosa con la Tudó, y en el propio hogar conyugal, para mayor escarnio. Solo los convencionalismos de la época permiten entender, que no justificar, esta situación de trío forzoso. Los aduladores del poderoso valido rendían pleitesía a la amante antes que a la esposa, y ésta tuvo que aprender a tragar el dolor y la humillación. Por eso Goya la pinta con esa expresión infeliz y apesadumbrada, portando el anillo con el retrato de su marido, como si quisiera dejar constancia de su presencia y de su derecho de propiedad sobre doña María Teresa. Pues eso fue la condesa de Chinchón para Godoy: una propiedad, una condecoración más en su ya muy adornada pechera. Doña Teresa de Borbón salió de España al ser desterrado su marido y se supone que no volvieron a vivir juntos; murió en París en 1828 con la misma tristeza con la que había vivido.

El Estado español adquirió este cuadro en el año 2000 por derecho de tanteo a los herederos de la condesa, a cuya familia ha pertenecido desde que se pintó. A día de hoy se puede contemplar en el Museo del Prado en Madrid, junto con otras obras de Goya.

jueves, 9 de noviembre de 2017

Anécdotas políticas


¡Hola a todos!

Si seguís aunque solo sea un poco las noticias de los medios de comunicación, sabréis que ahora mismo España está pasando por una crisis política debido a la cuestión de la independencia de Cataluña. Sin entrar en debates interminables (mi opinión al respecto ya se sabe en diversos foros de opinión y me ha valido una sarta de insultos a cual más florido), últimamente se respira en el ambiente una tensión tal que se podría cortar con un cuchillo. Ahora mismo, el país se encuentra dividido y temo que esto pueda ir a más si la cosa se complica.

La política no es un tema fácil de abordar porque levanta más de una ampolla. Sin embargo, creo que también puede dar lugar a muchos momentos de buen humor. Aunque los políticos son personas que por lo general gozan de bastante impopularidad, hay que reconocer que a veces nos dejan muy buenas frases o anécdotas capaces de sacarnos una sonrisa.

Y este es precisamente el tema del post de hoy. He querido huir de polémicas y he recopilado una serie de personajes que han tenido una gran relevancia en el ámbito de la política o que han hecho referencia a algún hecho político de su época. Espero que os guste!



FILIPO II DE MACEDONIA (382 – 336 a.C.)

A Filipo, rey de Macedonia y padre del célebre Alejandro Magno, le dijeron que uno de sus vasallos se pasaba el día hablando mal de él y le recomendaron que lo desterrara a modo de castigo. Pero Filipo se negó y, cuando le preguntaron por qué, respondió:

—Porque cuanto más se aleje de donde yo esté, más serán los que le escuchen.



DIÓGENES (412 – 323 a.C.)

Diógenes, el famoso filósofo griego del siglo IV a.C., dedicó toda su vida a predicar el desprecio por las cosas de este mundo. Él mismo actuaba en consecuencia, pues por posesiones no tenía más que un palo, una escudilla, una cuchara, unas alforjas y un tonel que siempre llevaba a cuestas y que le servía para dormir.

Un día, se dice que tuvo una inesperada entrevista con Alejandro Magno, quien empezó la conversación así:

—Yo soy Alejandro Magno.

—Y yo, Diógenes el cínico —respondió el filósofo.

—¿De qué modo podría servirte?

Y Diógenes contestó:

—Puedes apartarte para no quitarme la luz del sol.

Y el general se quedó tan sorprendido por esta respuesta que se apartó mientras decía:

—Si yo no fuera Alejandro, querría ser Diógenes.



PIRRO (318 – 272 a.C.)

Pirro fue rey del Epiro en el siglo IV a.C. y se hizo muy famoso tanto por su valor como por el dominio de la táctica militar. Venció en casi todas las batallas en las que participó, pero siempre a costa de terribles bajas en su propio ejército. En la batalla de Heraclea, Pirro empleó los elefantes contra los romanos, pero tanto entonces como en la batalla de Ausculum eso le supuso al rey unas pérdidas tan grandes que se dice que pronunció la siguiente frase:

—Otra victoria como esta y estoy perdido.



ANÍBAL (247 – 182 a.C.)

A pesar de las muchas victorias que tanto Aníbal como Escipión le habían dado a sus respectivas patrias, Cartago y Roma, ambos terminaron sus días en el destierro. Se dice que en cierta ocasión se entrevistaron en la corte del rey Antíoco de Siria, donde Aníbal se había refugiado. Ambos hablaron de las victorias que habían obtenido y, por curiosidad, Escipión le preguntó:

—¿Cuál crees que es el mejor general del mundo?

—Alejandro —respondió Aníbal sin dudarlo.

—¿Y después de éste?

—Pirro —dijo el cartaginés.

—¿Y el tercero?

—Yo —replicó Aníbal.

Escipión se echó a reír y le preguntó:

—¿Y qué dirías si me hubieses vencido en Zama?

—Entonces —contestó Aníbal sin vacilar— me tendría yo por el primero de todos.



AUGUSTO (63 a.C. – 14 d.C.)

Octavio Augusto, primer emperador de Roma, murió a los setenta y seis años de edad en Nola, cuando volvía a Roma desde Nápoles. Antes de morir, pidió a sus amigos un espejo y mandó que le peinaran y perfumaran. Luego, se volvió hacia ellos y les dijo:

—¿Creéis que he representado bien la comedia de la vida? Si os ha gustado, aplaudid al autor.



VESPASIANO (9 – 79)

El emperador Vespasiano era un hombre austero y de modesto origen al que no le gustaban la pompa cortesana ni los aduladores. Pero ocurrió que el Senado, por razones políticas, decidió darle a Vespasiano el rango de dios. A Vespasiano no le quedó más remedio que aceptarlo, pero cada vez que sus cortesanos le felicitaban, decía con sarcasmo:

—Me parece que ya voy notando que, poco a poco, dejo de ser un hombre y me convierto en deidad.



RAMIRO II EL MONJE (fallecido en 1157)

Al morir Alfonso I el Batallador sin herederos, las Cortes de Aragón le entregaron la corona a su hermano Ramiro, a pesar de que era monje. Este hecho provocó bastante disconformidad entre la nobleza aragonesa, que no se recató en negarle ayuda a Ramiro cuando se declaró la guerra entre Aragón y Navarra. Para vengarse de sus magnates, Ramiro convocó Cortes en Huesca y anunció que deseaba fundir una campana tan grande que habría de oírse en todo su reino. Los nobles juzgaron que, como rey que antes había sido fraile, era lo mejor que podía hacer. Lo que no sabían es que ellos iban a ser el bronce que daría forma a la campana de Ramiro. El día señalado, el rey mandó comparecer a los nobles uno a uno y, a medida que entraban, el verdugo les iba cortando la cabeza. Luego fueron colocadas en una bóveda en forma de campana y en el centro, a modo de badajo, estaba la cabeza del magnate más importante del reino y principal instigador de la rebelión.


LADY GODIVA (S. XI)

Cuenta la leyenda que esta famosa dama inglesa estaba casada con Leofric, conde Mercia y gobernador de la ciudad de Coventry. Este hombre exigía a sus vasallos unos impuestos tan elevados que las gentes de Coventry se morían de hambre. Su esposa Godiva, conmovida por el sufrimiento de sus vasallos, intercedió por ellos ante su marido y le pidió que rebajara los impuestos, a lo que Leofric contestó:

—Libraré a mis súbditos de todos los impuestos si tú atraviesas la ciudad a caballo, un día de mercado, completamente desnuda.

Ni corta ni perezosa, lady Godiva aceptó el reto. El día en que iba a salir, montada ya a caballo y cubierta tan solo por su larguísima cabellera rubia, las gentes de Coventry se quedaron en sus casas y cerraron puertas y ventanas para no mirarla, como muestra de respeto a la bondadosa dama.



ALFONSO X EL SABIO (1221 – 1284)

Alfonso X, además de poeta, era aficionado a la astronomía. Llamó a Toledo a los eruditos más reconocidos de la época, ya fuesen cristianos, judíos o musulmanes. De una de sus muchas conferencias salieron las famosas Tablas Alfonsíes, que sustituyeron a las Tablas de Tolomeo. Y se hizo famosa la frase del rey cuando, mientras comentaba el orden de las esferas, dijo:

—Si yo hubiese estado al lado de Dios cuando creó el universo, le habría dado algún valioso consejo.



CARLOS VII EL BIENSERVIDO (1403 – 1461)

Carlos VII, aquel a quien ayudó Juana de Arco en su guerra contra los ingleses, era un rey pródigo al que le encantaba organizar fastuosos banquetes en la corte. Entre sus muchos cortesanos, la mayoría aduladores, había alguno que era capaz de decirle la verdad. Y esto fue lo que le ocurrió con Jean Poton de Xaintrailles, con el que mantuvo el siguiente diálogo durante una fiesta:

—¿Qué os parece? ¿No es magnífico?

—¡Soberbio! —respondió Xaintrailles—. No se puede perder un reino de una manera más divertida.



FERNANDO EL CATÓLICO (1452 – 1516)

Fernando V de Aragón, llamado el Católico, fue uno de los diplomáticos más brillantes de su época, si entendemos como diplomacia el arte de elaborar los más bellos engaños. Sus principales víctimas fueron los reyes de Francia, especialmente Luis XII, con quien Fernando no tuvo el menor reparo de quebrantar todas las promesas que le había hecho en materia de política. Un día, un cortesano llegado de París le dijo al rey que Luis XII le acusaba de haberle engañado dos veces. Y Fernando, sin pelos en la lengua, replicó:

—¡Miente! No le he engañado dos veces, le he engañado diez.



TOMÁS MORO (1478 – 1535)

Hombre prudente y sabio como pocos, Tomás Moro le dijo una vez a un noble que acababa de ser nombrado consejero de Enrique VIII:

—Habéis entrado al servicio del príncipe más sabio, noble y liberal. Si queréis seguir mi humilde consejo, cuando tengáis que dar a su majestad el vuestro, decidle siempre lo que debería hacer pero nunca lo que es capaz de hacer. Así seréis un buen servidor y un valioso consejero. Porque si el león supiera la fuerza que tiene, nadie podría dominarle.



FELIPE II (1527 – 1598)

Algunos caballeros de la corte de Felipe II acudieron a él para quejarse de que mucha “gente común” se daba el tratamiento de Don y Doña, algo que solo estaba destinado a personajes de las más altas esferas. Los caballeros le pidieron al rey que impusiese multas y castigos a quienes se atrevieran a darse aquel tratamiento. Pero Felipe II, bien motejado como “el Rey Prudente”, respondió:

—Esto es irremediable y así me parece dexallo, y que cada uno tome de la vanidad lo que quisiere.



LUIS XIV (1638 – 1715)

Cuando Luis XIII de Francia murió, su hijo, el que con el tiempo sería conocido como el Rey Sol, solo tenía tres años. En su lecho de muerte, el rey pidió que le trajeran a su hijo y, quizá porque ya andaba mermado de facultades, se olvidó de su nombre y le preguntó:

—¿Cómo te llamas?

Y el niño respondió:

—Luis XIV, papá.



FRANCISCO DE QUEVEDO (1580 – 1645)

En la época de Felipe IV, la monarquía española perdió Flandes, Portugal y Jamaica, y esto sin contar las posesiones que los franceses le quitaron en Europa. A pesar de todo, a Felipe IV se le conocía como Felipe el Grande. Esta expresión llegó a oídos de Quevedo que, con su cáustico humor, dijo:

—Sí que es grande, pero a la manera de los pozos, que son más grandes cuanta más tierra se les quita.



IEYASU TOKUGAWA (1543 – 1616)

El fundador de la dinastía Tokugawa sabía dar a sus leales grandes ejemplos de talento político. Durante la batalla de Sekigahara, Ieyasu se alzó contra el gobierno del hijo de Hideyoshi Toyotomi y se lanzó a la batalla con la cabeza descubierta, obviando la protección del casco. Cuando la batalla terminó y el nuevo shogun se proclamó vencedor, Ieyasu llamó a su escudero y le pidió que le trajera el casco. Se lo puso y dijo:

—Después de la victoria es cuando conviene resguardarse.



VOLTAIRE (1694 – 1778)

Viendo que la religión perdía fuerza en la Francia de su tiempo, decía Voltaire:

—Esto es lamentable. ¿De qué nos vamos a burlar?

Una persona que estaba con él trató de consolarle diciéndole que no le costaría hallar otros motivos para burlarse, a lo que Voltaire respondió:

—Querido señor, fuera de la Iglesia no hay salvación.



CARLOS IV DE BORBÓN (1748 – 1819)

Era un hombre de una ingenuidad escalofriante. Un día, siendo todavía príncipe heredero, se suscitó en la cámara real una discusión acerca de la fidelidad conyugal, y el joven Carlos arguyó:

—Nosotros tenemos en ese caso más suerte que los demás mortales, porque es difícil si no imposible que nuestras mujeres encuentren a nadie que sea superior a nosotros en categoría con quien engañarnos.

Y el rey Carlos III, mirando con gesto triste y burlón a quien inevitablemente habría de sucederle, suspiró:

—¡Qué tonto eres, hijo mío!



ABRAHAM LINCOLN (1809 – 1865)

Abraham Lincoln supo definir de manera certera los límites del engaño tanto en la vida corriente como en la política:

—Puedes engañar por algún tiempo a todo el mundo. Puedes engañar durante todo el tiempo a algunas personas. Pero no puedes engañar a todo el mundo durante todo el tiempo.



FRANCISCO JAVIER CASTAÑOS (1756 – 1852)

Después de la batalla de Bailén, ganada por los españoles a pesar de que sus tropas eran inferiores en número y en calidad, el general Dupont, que mandaba las tropas napoleónicas, se presentó ante el general Castaños y le tendió humildemente su espada diciendo:

—Os entrego esta espada, vencedora en cien batallas.

—Pues esta —replicó Castaños— es la primera que yo gano.

Y, con gesto caballeroso, le devolvió la espada.



FERNANDO VII (1784 – 1833)

Un cortesano se acercó a Fernando VII para pedirle que le diera una colocación digna de su categoría. El rey prometió procurarle un empleo, y al día siguiente lo llamó para informarle de que había dado con el adecuado para él.

—Voy a hacerte canónigo de la catedral de Murcia.

El cortesano, contrariado, replicó:

—Pero majestad, eso es imposible. Soy casado y tengo ocho hijos.

Y el rey contestó:

—¡Bah! Si te andas con esos escrúpulos, nunca encontrarás empleo.



MADAME DE STÄEL (1766-1817)

La baronesa de Stäel hablaba de política en una reunión en la que se encontraba Napoleón Bonaparte, entonces general del ejército. Cuando el futuro emperador de Francia comentó que no entendía por qué una mujer se metía en asuntos políticos, la baronesa le contestó:

—Veréis, señor, en un país donde se decapita a las mujeres, es lógico que las que aún quedamos nos preguntemos por qué.



BENJAMIN CONSTANT (1767-1830)

El escritor y político se sintió atraído por los principios de la Revolución francesa y trabajó en su favor sin caer nunca en ningún extremismo. Sin embargo, cuando le advirtieron que su nombre figuraba en una lista de personas a las que iban a deportar, Constant escribió al rey Luis XVIII una carta de justificación tan convincente  que el mismo rey tachó su nombre de la lista de proscritos.

—Tu carta era una maravilla —le dijo un amigo—. Ha convencido al rey.

—Creo que sí —aseveró Constant—. Estaba bien escrita. Casi me convenció a mí también.



ISABEL II DE BORBÓN (1830 – 1904)

Isabel II y su segunda nuera, la austríaca María Cristina de Habsburgo, solían discutir a menudo hasta por los temas más triviales, como la comida. Isabel, reina castiza donde las haya, adoraba comer arroz con pollo, cocido madrileño y bacalao con tomate, algo que su hija política detestaba.

—Es una porquería —dijo en cierta ocasión María Cristina cuando en casa de su suegra le sirvieron uno de estos platos.

—La porquería —respondió entonces Isabel— son esas coles podridas que comen en tu tierra.



JOSÉ OSORIO Y SILVA, MARQUÉS DE ALCAÑICES (1825 – 1909)

En los comienzos de la Restauración, don Pepe Alcañices, duque de Sesto, fue nombrado alcalde de Madrid. A él se debe la instalación de los primeros urinarios públicos que hubo en la capital. Al mismo tiempo, dictó un bando imponiendo una multa de dos reales a quien fuera descubierto orinando en público. Un periódico de la época publicó esta cuarteta: Dos reales por mear, ¡Dios mío, qué caro es esto! ¿Qué cobrará por cagar el señor duque de Sesto?



MAXIMILIANO I DE MÉXICO (1832 – 1867)

El 19 de junio de 1867 fueron ejecutados en el cerro de las Campanas de la ciudad de Querétaro, en México, el emperador Maximiliano I y dos de sus ayudantes, el mariscal del ejército Miguel Marimón y el indio Tomás Mejía, cuya lealtad al emperador le llevó a rechazar la huida para morir junto a él. Estando ya en el cerro, rodeados de soldados, se oyó un toque de corneta y Maximiliano preguntó:

—¿Es ésta la señal de la ejecución?

Y Mejía respondió:

—No lo sé, majestad. Es la primera vez que me ejecutan.



ANTONIO CÁNOVAS DEL CASTILLO (1828 – 1897)

Era un hombre de gran ingenio y talento, pero también podía ser bastante displicente cuando quería. Durante una fiesta en palacio, Cánovas se comportó de forma un tanto maleducada con un aristócrata. Éste, ofendido, le advirtió que tuviera cuidado, puesto que era un Grande de España. A lo que Cánovas replicó:

—Y yo soy quien los hace.



PRÁXEDES MATEO SAGASTA (1825 – 1903)

En agosto de 1883, dos regimientos de Badajoz, uno de La Rioja y otro de La Seo de Urgel se sublevaron con la intención de proclamar la república. Un secretario corrió a despertar a Sagasta a las cuatro de la mañana para comunicarle las graves noticias, a lo que el jefe de estado dijo, rascándose la barba:

—Pero, hombre, ¡a estas horas!



SANTIAGO RAMÓN Y CAJAL (1852 – 1934)

En uno de sus gobiernos, Segismundo Moret le ofreció a Santiago Ramón y Cajal la oportunidad de formar parte del gobierno como su Ministro de Instrucción Pública. Y don Santiago, poco amigo de los honores, exclamó enfadado:

—¿Ministro yo? Mire, don Segismundo, tengo mucho trabajo. No salgo de aquí, no voy siquiera al café. Le aseguro que no me queda tiempo para perderlo en tonterías. 


¡Y hasta aquí por hoy! ¿Cuál os ha gustado más? ¿Tenéis una anécdota política que queráis compartir aquí? Ponedla en los comentarios y hacédmela saber!

Hasta pronto!

miércoles, 1 de noviembre de 2017

La Barbie del mes: Princesa de Dinamarca


¡Hola a todos!

Casi se me pasa subir hoy la entrada. He estado tan ocupada con el trabajo que casi no me había dado cuenta de que hoy estamos a día 1 y toca subir entrada. La verdad es que esta época siempre me despista un poco; el cambio de clima y de horario siempre me afecta y me descoloca, pero por suerte no tardo mucho en recobrar el ritmo habitual.

Entramos de lleno en el otoño, un otoño raro y demasiado caluroso para mi gusto. Echo de menos la lluvia y el aire cada vez más fresco, lo que es el típico otoño de mi tierra. Ahora más que nunca es muy necesaria la lluvia para que ayude a apagar los rescoldos de los últimos incendios que han azotado mi amada Galicia hasta hace muy poco.

Mientras tanto, empezamos el penúltimo mes del año con la Barbie correspondiente. Espero que os guste!


Princesa de Dinamarca




El paisaje es exuberante, salvaje como los vikingos, los navegantes y guerreros que en una época gobernaron las tierras danesas. Una bella y joven mujer va galopando a caballo, sintiendo la brisa marina que acaricia su frente y su cabello dorado. Sus hermosos ojos azules brillan de alegría al llegar a su magnífico castillo. Encantadora como siempre, Barbie Princesa de la corte Danesa gobierna con orgullo. Luce un bello vestido largo decorado con encaje y un moño dorado. Su brillante cabello lo lleva recogido. Luce también unos elegantes aretes, una gargantilla dorada y una corona real.

Poco más que añadir a la descripción que la caja de Mattel hace sobre esta muñeca, pues ya está todo dicho. De todas las princesas que forman parte de este calendario, puede que esta sea la más parecida a la típica Barbie de toda la vida, con su pelo rubio y su rostro característico. No obstante, me gustan mucho su vestido de color azul celeste y su elaborado peinado. Y, aunque no estaría desesperada por incluirla dentro de mi colección, me parece una muñeca muy bonita.


Y hasta aquí por hoy! Nos vemos muy pronto!

jueves, 26 de octubre de 2017

Crónica Negra de España, segunda parte


¡Hola a todos!

Pues aquí estamos con la prometida segunda parte de la crónica más negra de España, aunque no están todos los más importantes y conocidos. Supongo que, de alguna manera, me he dejado llevar por mis preferencias y he puesto solo los que a mí me han marcado más o los que me han parecido más llamativos por los motivos que fuesen. También he puesto pocos crímenes que hubieran ocurrido en fechas más contemporáneas, como podrían ser los estremecedores casos de José Bretón y del parricida de Moraña, que no figuran en esta lista.

Como en la parte anterior, advierto que la lectura de estos crímenes puede herir sensibilidades o resultar perturbadora. He procurado suavizar las partes más escabrosas y no ahondar en lo gore, ya que no hay necesidad: los crímenes son tan terribles que sobran las palabras.

Sin más dilación, podéis seguir leyendo:


Los marqueses de Urquijo




Otro de los crímenes más sonados de la crónica negra española, que habría de ocupar la primera página de todos los periódicos del país durante bastante tiempo. A pesar de que el crimen de los marqueses de Urquijo quedó cerrado oficialmente y se detuvo al presunto culpable del doble asesinato, aún a día de hoy quedan demasiados puntos oscuros que no se han podido esclarecer y que dan a entender que el crimen no ha quedado resuelto.

El matrimonio de los Urquijo llamaba la atención por lo dispar de los cónyuges. Manuel de la Sierra era un hombre educado y amable de cara a la sociedad, pero en su hogar se comportaba como un tirano clasista y tacaño que agobiaba a sus hijos escatimándoles dinero en sus gastos. Marieta Urquijo, por lo contrario, destacaba por su timidez y su devoción religiosa. Se había casado con Manuel en 1954 y el matrimonio tenía dos hijos: Miriam y Juan Manuel, conocidos en la alta sociedad como “los pobres” a causa de la tacañería de su padre.

Sin embargo, el nombre de los Urquijo empezaría a hacerse más conocido a raíz de lo ocurrido el 1 de agosto de 1980. Aquella noche, los marqueses de Urquijo fueron tiroteados de muerte en su chalet de Somosaguas. No fue un robo. No sonaron las alarmas. Nadie vio ni oyó nada.

El principal sospechoso y único condenado por el crimen fue Rafael Escobedo Alday, ex marido de Miriam de la Sierra, que fue detenido el 8 de abril de 1981 a pesar de que las pruebas en su contra eran bastante endebles. Al parecer, se encontraron unos casquillos en la escena del crimen que parecían coincidir con otros hallados en la propiedad del padre de Rafael Escobedo. Dichos casquillos desaparecerían poco después, lo que complicaría el desarrollo del juicio. El arma del crimen tampoco fue encontrada, aunque se decía que podía tratarse de una Star calibre 22 Long Rifle, un modelo exclusivo del que se habían hecho menos de treinta ejemplares.

A pesar de que siempre defendió su inocencia y que las pruebas en su contra eran insuficientes para condenarlo, Rafael Escobedo fue condenado a 53 años de prisión. No llegaría a cumplir ni diez años, pues Rafael se suicidó en presidio ahorcándose con una sábana. No obstante, hay quien considera que este suicidio no fue tal y que alguien se encargó de eliminar a Rafi Escobedo porque sabía la verdad de la muerte de los marqueses de Urquijo. Sea como sea, el caso ya ha prescrito y es muy probable que nunca lleguemos a saber la verdadera historia.


El asesino del parking




En enero de 2003, el elegante barrio barcelonés del Putxet vivió varios días de horror al haberse descubierto en el aparcamiento de la urbanización los cadáveres de dos mujeres residentes de la zona. No existía ningún tipo de conexión entre las dos mujeres, ni había un motivo aparente que explicara su muerte. Lo único que las unía era la brutal violencia que el asesino había descargado sobre ellas a la hora de matarlas.

El primer crimen se cometió el 11 de enero y la víctima fue María Àngels Ribot, de 49 años, que fue hallada muerta en el hueco de la escalera del aparcamiento como consecuencia de varias puñaladas. Todo apuntaba a que el motivo del asalto había sido el robo, ya que el asesino había vaciado el bolso de la mujer y se había llevado las tarjetas de crédito, aunque había obviado otros objetos de valor, como el reloj de la víctima. La mujer había opuesto resistencia, como se podía comprobar por los múltiples cortes de sus manos, pero al final murió a consecuencia de un fuerte golpe en la cabeza. Como no parecía haber ningún otro motivo oculto, se pensó que tal vez había sido un atraco que había acabado de la peor de las maneras. Por eso sorprendió tanto lo que ocurrió tan solo once días después.

El 22 de enero, el barrio del Putxet quedó perplejo al saber que se había vuelto a cometer otro crimen muy similar casi en el mismo sitio. La víctima esta vez fue Maite de Diego, de 46 años, que fue asaltada en el aparcamiento y arrastrada al rellano de las escaleras, donde el asesino la esposó, le cubrió la cabeza con una bolsa de plástico y la mató a martillazos, con un ensañamiento indescriptible. El estado de la mujer era tan espantoso que su marido huyó despavorido al ver el cadáver y solo reconoció a su esposa por la ropa que llevaba; de todos modos, no hubiera podido distinguir los rasgos de su mujer, ya que su cara estaba completamente desfigurada por los golpes.

A pesar de que no parecía haber ningún motivo aparente que explicara los asesinatos, había demasiadas coincidencias entre los dos crímenes e incluso entre las víctimas. Ambos asesinatos se habían producido prácticamente en el mismo lugar y las mujeres habían sido sorprendidas en el aparcamiento y arrastradas al hueco de la escalera. La escena del segundo crimen parecía un calco de la primera, pues había elementos que se repetían en una y otra. Además, tanto María Àngels como Maite eran casi de la misma edad y hasta tenían un cierto parecido físico, lo que en un principio llevó a los investigadores a sospechar que el asesino se había equivocado de víctima la primera vez que había matado.

El doble crimen del Putxet generó una enorme alarma social y psicosis en el barrio, y tanto los usuarios del aparcamiento como los vecinos reclamaron más medidas de seguridad. La Policía estaba segura de que estaba persiguiendo a un posible asesino en serie, por lo que se impuso el secreto de sumario y se realizó una exhaustiva investigación para dar con el autor de los atroces crímenes. Días después detiene a Juan José Pérez Rangel, de 24 años, residente en el barrio de la Mina de Sant Adrià del Besòs, que durante un tiempo tuvo alquilada una plaza de aparcamiento para dos motocicletas en el Putxet. Se supo que había sido él porque había extraído 300 euros de un cajero utilizando la tarjeta de crédito de una de las víctimas y se había hallado una huella de su mano en una de las bolsas de plástico que había empleado en los crímenes. Pero lo que de verdad sorprende fue el móvil que le llevó a matar.

Rangel era un joven que aspiraba a llevar una vida de lujo en un barrio tan distinguido como el Putxet. Aquel lugar representaba todo lo que no llegaría a conseguir nunca: una casa magnífica, un coche de alta gama, un trabajo bien remunerado y una mujer rubia y guapa con la que tener una relación. Durante meses, Rangel intentó vincularse de alguna manera al Putxet, pero con sus escasos ingresos solo pudo permitirse alquilar una plaza de aparcamiento. Mientras tanto, su odio hacia los habitantes del Putxet crecía conforme pasaban los días. Odiaba sobre todo a aquellas mujeres rubias y guapas, como lo eran María Àngels Ribot y Maite de Diego, que parecían tratarle con desprecio y no se dignaban siquiera a dedicarle una segunda mirada. Ese odio sería el que le llevaría a matar con un sadismo inimaginable a dos mujeres que ni siquiera sabían de su existencia.


Las niñas de Alcàsser




Si hay un caso impactante, mediático y terrible en la historia criminal española, ése es el caso de las niñas de Alcàsser. Un triple crimen en el que hay secuestro, violaciones, torturas, asesinatos y multitud de puntos oscuros que no se han podido esclarecer y que han alentado todo tipo de teorías de la conspiración al insinuar que podría haber personajes muy importantes involucrados en el caso.

Miriam, Toñi y Desirée, tres chicas de Alcàsser de catorce y quince años, desaparecieron sin dejar rastro el 13 de noviembre de 1992 cuando salieron de marcha a una discoteca en la vecina localidad de Picassent, donde se iba a celebrar una fiesta. Dos meses y medio después, dos apicultores encontraron los cuerpos de las chicas semienterrados en una fosa, apilados uno encima del otro y cubiertos con una alfombra. Pero lo verdaderamente crudo empieza a partir de ahora, cuando se realizan los primeros exámenes de los cadáveres.

Tras el reconocimiento forense, quedó confirmado que las chicas habían sufrido torturas durante varias horas. Habían sido violadas repetidas veces por diferentes personas, golpeadas con saña (a una de ellas le rompieron los dientes) e incluso sodomizadas con palos. Se llegó al extremo de que a una de las chicas le amputaron un pezón con unos alicates. Finalmente, tras horas de aguantar un suplicio tras otro, las chicas fueron asesinadas de un disparo en la cabeza. Los medios de comunicación iban ofreciendo los detalles del crimen a medida que recibían nueva información, lo que removió las entrañas de toda la sociedad española.

Las investigaciones policiales apuntaron a que el triple crimen había sido cometido por dos delincuentes comunes: Antonio Anglés y Miguel Ricart. El primero, considerado el autor material de los hechos, consiguió escapar de las fuerzas de seguridad en cuanto supo que le estaban buscando, y todavía hoy sigue en paradero desconocido. Por otro lado, Miguel Ricart fue condenado a 170 años de prisión, de los que solo cumplió veintiuno.

La verdadera polémica surgiría a partir de los extraños resultados de las autopsias de los cuerpos de las chicas. Se realizaron varios análisis de ADN que hicieron levantar sospechas acerca de la participación de terceras personas en la tortura, violación y asesinato de las chicas. Se llegó a pensar que ni Anglés ni Ricart habían cometido el crimen, sino que habían actuado siguiendo las órdenes de una banda organizada que raptaba a jovencitas para montar orgías de sexo, drogas y sangre o para la producción de películas snuff. Se barajó la posibilidad incluso de que hubiera personajes políticos y empresarios importantes relacionados con el triple crimen; estas declaraciones se realizaron en el programa de televisión Esta noche cruzamos el Mississippi, y le valieron a los productores una serie de denuncias por calumnias, ya que durante esas declaraciones se dieron nombres y apellidos de presuntos culpables sin aportar ni una sola prueba. Otra imagen deplorable fue la que ofreció el programa De tú a tú, presentado por entonces por Nieves Herrero, que llegó a trasladar su plató a Alcàsser para grabar el velatorio de las niñas y así conseguir más audiencia, al más puro estilo de la telebasura actual.

A pesar del alto despliegue de investigación, de las numerosas aperturas del sumario y de todos los análisis llevados a cabo, a día de hoy seguimos sin saber con exactitud quiénes mataron a las niñas de Alcàsser. De aquel crimen queda una gran herida que tal vez nunca se pueda cerrar y que sigue doliendo cada vez que el tema sale a la luz.


El crimen de Cuenca




El crimen de Cuenca, también llamado Caso Grimaldos, pasaría a la Historia como uno de los errores judiciales más graves jamás cometidos por las autoridades judiciales y policiales. Un crimen que nunca ocurrió y por el que dos hombres tuvieron que pagar un precio tan exorbitado como injusto.

José María Grimaldos, un pastor conquense natural de Tresjuncos, trabajaba en la finca del alcalde de Osa de la Vega. A causa de su pobre entendimiento, José María era objeto de burlas por parte de León Sánchez, el mayoral de la finca, y de Gregorio Valero, el guarda. El 20 de agosto de 1910, José María vendió unas ovejas de su propiedad y desapareció sin dejar rastro. Varias semanas después de su desaparición, empezaron a correr rumores de que a José María lo habían matado para arrebatarle el dinero que había obtenido con la venta de las ovejas. Los familiares del pastor, al tener conocimiento de las burlas que recibía, decidieron presentar una denuncia en el juzgado de Belmonte (Cuenca). Acusaron a León y a Gregorio de haberlo matado, por lo que fueron detenidos y llevados a juicio. Sin embargo, la falta de pruebas obligó al juez a ponerlos en libertad y la causa fue sobreseída.

Pero al cabo de un par de años, en 1913, la familia de Grimaldos pidió que se reabriera el caso coincidiendo con la llegada del nuevo juez Emilio Isasa Echenique. Nuevamente se volvió a denunciar a León y a Gregorio, que fueron detenidos y llevados a prisión, donde les aguardaba un largo y penoso calvario.

Para hacer que los acusados confesaran el crimen, la Guardia Civil empleó diversos métodos de tortura capaces de helar la sangre del más valiente. Separados el uno del otro en diferentes celdas, se les privaba de agua y se les alimentaba solo a base de bacalao sin desalar. Durante los interminables interrogatorios sufrieron palizas, les colgaron en vilo por los genitales y les extrajeron dientes y uñas con unas tenazas de herrar. Fue tal el sufrimiento que tuvieron que soportar que terminaron por confesar, destrozados y culpándose el uno al otro, que habían matado a Grimaldos, descuartizado su cuerpo y arrojado los trozos a los cerdos para que no quedaran pruebas. A pesar de las numerosas contradicciones y detalles sin resolver que plagaban el sumario, el juicio de los acusados se solventó en apenas siete horas. Fueron acusados por unanimidad de haber cometido el asesinato de Grimaldos y, aunque consiguieron evitar la pena de muerte, fueron a la cárcel hasta el año 1925, cuando un decreto de indulto les permitió regresar con sus familias.

Pero lo verdaderamente sorprendente vendría en 1926, cuando el cura de Tresjuncos (principal instigador de la culpabilidad de los acusados) recibió una carta del cura del pueblo de Mira pidiéndole la partida de bautismo de José María Grimaldos, puesto que la necesitaba para poder contraer matrimonio. El cura de Tresjuncos, impactado por esta noticia, decidió ocultar la carta y no responder al párroco. Impaciente por el retraso de su matrimonio, Grimaldos fue él mismo al pueblo para pedir la partida bautismal sin sospechar el revuelo que se iba a armar cuando la gente le vio y le reconoció. La noticia de que el muerto en realidad estaba vivo corrió como la pólvora y no tardó en llegar a la prensa. Más sorprendente fue que el propio Grimaldos afirmó que se había marchado del pueblo por propia voluntad y que no tenía conocimiento alguno del caso en el que estaba implicado como supuesta víctima.

Tras la identificación de Grimaldos, el asunto pasó a manos del Tribunal Supremo, que no tardó en revisar la condena impuesta a los dos reos. En dicha orden se reconoce que la confesión de León y Gregorio carecía de validez al haber sido obtenida bajo tortura. Se declaró nula la sentencia al confirmarse que no había habido delito alguno, tras lo cual León y Gregorio quedaron en libertad. En cuanto a los responsables de su encierro, Emilio Isasa fue hallado muerto en su casa a los pocos días de conocerse la sentencia rectificativa, posiblemente por suicidio. También se suicidó el cura de Tresjuncos, cuyo cuerpo fue hallado ahogado en una tinaja de vino. El resto de acusados fueron llevados a juicio y, a pesar de su culpabilidad, todos ellos quedaron absueltos.


La Dulce Neus




El caso de la Dulce Neus fue uno de los más conocidos y mediáticos que ha habido en España. Aunque el crimen no tiene el componente de brutalidad de otros que hemos visto, sorprende la sangre fría de los asesinos, puesto que eran menores de edad, y de su madre, auténtica instigadora del asesinato.

El ambiente familiar en el domicilio de Juan Vila y Neus Soldevilla, vecinos de Montmeló (Barcelona), era de continuas peleas. Los enfrentamientos entre el cabeza de familia con su mujer y sus hijos eran constantes y éstos ya estaban hartos de sus gritos y de tener que someterse a la voluntad de aquel tirano. Por eso, no es de extrañar que los seis hermanos desarrollaran un vínculo afectivo muy fuerte hacia su madre en tanto que crecía su hostilidad hacia su padre.

Sin embargo, no todo era blanco y negro en el hogar. Juan Vila era un hombre de carácter brusco y autoritario que no vaciló en sacar a sus hijos de la escuela y ponerlos a trabajar a la edad de ocho años. Y Neus, a la que por su voz tenue y pausada habían motejado “la Dulce Neus”, gastaba en cosas superfluas el escaso dinero que su marido le daba para la manutención de sus hijos. Asimismo, empezó a enredarse con otros hombres, algunos de ellos casados, y a meterse en negocios un poco turbios a espaldas de su marido para ganar algún dinero.

Las cosas en el seno familiar iban a peor. Unos contratiempos en el negocio obligaron a Juan a deshacer su empresa, lo que estuvo a punto de llevarlo a la ruina. En medio de una depresión, se dedicó a atiborrarse de tranquilizantes y a beber sin control alguno, desquitándose con su mujer y sus hijos, a los que insultaba y golpeaba con frecuencia. Por estos tiempos, en el año 1981, Neus había contraído bastantes deudas tras pedir varios préstamos que no había reembolsado, por lo que su situación era crítica. Hizo partícipes de sus preocupaciones a sus hijos y poco a poco les convenció de que el culpable de todas sus desgracias era su padre y que la familia estaría mucho mejor sin él. A partir de aquel momento, Juan Vila tuvo los días contados.

El 28 de junio de 1981, tras haber dejado a su marido durmiendo en la habitación, Neus reunió a sus hijos y les entregó una pistola de 9 mm, diciéndoles que había llegado el momento. Dado que Neus no quería utilizar el arma, los hijos tuvieron que decidir cuál de ellos apretaría el gatillo para matar a su padre. La elegida fue Marisol, que solo tenía 14 años y nunca había disparado un arma; sus propios hermanos tuvieron que enseñarle a sujetar la pistola para que no se le levantara con el retroceso. Neus ordenó a la criada que se llevara a las niñas pequeñas para que no vieran lo que iba a ocurrir y se llevó al resto de sus hijos al dormitorio principal, donde Juan Vila dormía plácidamente. Allí, Marisol disparó a su padre a quemarropa en la nuca y lo mató al instante.

Durante un tiempo, Neus consiguió engañar a todo el mundo contando una historia acerca de unos encapuchados que habían entrado en la casa con la intención de matar a su marido. Sin embargo, a los pocos meses la criada se derrumbó y confesó a la Policía todo lo que sabía. Tras el juicio, la Dulce Neus fue condenada por parricidio con alevosía y premeditación a 28 años de cárcel; sus hijos mayores fueron condenados a 12 y 10 años, pero Marisol no fue procesada por ser menor de edad. Inés Carazo, la criada, fue absuelta del delito de complicidad, pero fue condenada a seis meses de arresto por omisión del deber de denuncia.


¡Y nada más, amigos! Con este post damos por terminado el mes del terror en la Biblioteca. ¡Hasta el mes que viene!